A veces creo que me odio al responderte y al querer gobernar mi alquimia cuando te atajo abusando de otra de tus complacencias. ¿Qué es lo que crees que ahora te está convenciendo, amor mío? Si revivo, te resbalas de mis brazos, me ves de lejos sin moverte mientras yo misma me engaño para dejar de atormentarte y de tragar las huellas que has dejado en mi corpiño y en la cerradura de mi puerta.
Cuando desnudaste mi columna con los desniveles de tu angustia, yo ya había argumentado que no sentía ni una sola resistencia, que te habías quedado dormido cuando te canté el origen del destierro que te había explicitado, que te parecía extraño que hubieses calcado mi sentencia en otra vida y que yo hubiese pretendido conocerte cuando aún no conocía el hueco que estabas pisando.
A veces me siento tranquila al arroparte con los siglos que he guardado para regalarte, cuando te quito la ropa sin exigir tu permiso y te reúnes con nuestra nostalgia para esperar la madrugada...
¡Cuánto camino nos ha vuelto tan incongruentes para habernos convertido en lo que habíamos desenterrado! Cuánto camino para quemarnos los pies y saltar hasta la orilla de nuestra propia habitación perdida, la que inventamos cuando imaginamos puerilmente comiendo nuestras desesperaciones y otras cuantas faltas de cordura, la que imaginamos cuando nadie pretendía acumular nuestra falta de conclusiones en el álbum favorito de todo el universo, el que firmé con el reverso de tus hombros mientras tomabas café sentado en mi terraza... el que ahora me inventa cuentos cuando entro y ya no estás esperándome en mi casa...
No hay comentarios:
Publicar un comentario