martes, 6 de marzo de 2012

El Final

El final no es algo de lo que podamos jactarnos, pues no es algo que nosotros hayamos descubierto o inventado en ninguna ocurrencia o lucidez aclaratoria...El final nos crea y nos está creando mientras sonreímos cómodamente en nuestro seguro devenir; él está y ha estado incluso antes del principio más obtuso de nuestra conciencia, él escribe nuestra tendencia a imaginar que somos nosotros los que lo ideamos y amoldamos al placer de orangután de escribir un punto antes de cerrar los cuadernos, esa necesidad de sentirnos satisfechos y encender otro cigarro... Todo es obra de ese hilo invisible que jamás hemos concebido pero que creemos que se alza en la punta de nuestras lenguas y descansadas ideas, !pobres marionetas de algo que no puede comprenderse! !cómo se escribe acerca del final mientras su verdadero rostro muestra muecas burlonas a nuestras espaldas distraídas! !cómo los hilos invisibles suben como telarañas desafiando la gravedad sobre nuestros brazos de muñeco torpe! Poseídos por nosotros mismos, hipnotizados con las palabras que inventamos pero que pretendemos haberlas descubierto ya hechas, seres benditos nosotros los elegidos, despistados con nuestra gloria de ficciones acordamos en que tenemos los bolsillos llenos pero no los revisamos por ese vago presentimiento de que siempre han estado vacíos.
Palabras graves y sencillas, barrocas y ordinarias... el final no se conmueve por ellas ni por nuestros intentos más penosos por poseer su imagen, por patentarlo como humano y raciocinio de intelecto histórico, casita de cerillas de madera, él no intenta modificar nuestras tiernas tentativas a creernos extraordinarios, él nos ha brindado los motivos suficientes para barajearnos entre nosotros mismos la primera vocal de su nacimiento, eso que no existe.
El final no es el enemigo del comienzo, supera la dualidad de nuestra fiebre maquinaria, no responde a la continuidad perdida del valor de las proyecciones de nuestros vagos recorridos.
Es inminente y clara la culminación de nuestra propia ironía: rindámosnos al final, sumerjámosnos con la cúspide de nuestra galantería a su mandíbula omnipotente, que les juro que es más suave que que el más fino colchón de plumas, más jugosa que la fruta más carnosa. Rindámosnos a su infinitud y a su pureza ilimitada, para lavar así nuestra impaciencia, la locura con la que nos tensamos como pródigos ecuestres en alguna plaza renombrada, para olvidar nuestro nombre y la fecha en que se instaló nuestra cordura, para estirarnos en a humilde comprensión de que somos hijos de su propio vientre y de sus dedos sagrados, entender que no nos manipula sino que nos retrasa compasivamente porque sabe que tal vez no estamos preparados para deshacernos de la máscara de nuestro orgullo patético. Nos deja seguir creyendo, !sigamos creyendo entonces! Con la amarga consecuencia de que seguiremos siendo igual de famosos bajo la sombrilla de nuestra propia suspicacia... e igual de diminutos bajo el rostro que no entra en nuestras mínimas certezas

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